Lunes, 28 de Julio del 2025

Detenerme y Sentir

Desde hace un poco más de 20 años recorro el camino educativo, caminando diversos espacios, observando conductas y comportamientos. Pocas veces hago referencia del área en la cual me inicié porque me gusta hacer la aclaración que no importa de dónde vengo sino hacia dónde voy; sin embargo, no puedo dejar de dignificar el origen de mi interés y la habilidad de observación y análisis que descubrí en mí. La Educación Física fue mi punto de partida. Desde allí, me fui formando y construyendo como profesional en el área educativa, asumiendo diferentes roles, comprometidos con mi práctica. Fui perfeccionando mi capacidad de observar y analizar conductas, integrando herramientas que me permitieron sumergirme en el arte de leer entre líneas del alma humana, entrenando la mirada para descifrar los hilos invisibles que entretejen nuestras conductas, impulsada por la convicción de que cada gesto guarda una historia que merece ser comprendida y resignificada.

Con el paso del tiempo, algo dentro mí, empezó a incomodarse. No era el sistema educativo en sí, sino la incoherencia entre lo que hacía y lo que sentía. Me cuestioné quién era, qué hacía, qué quería. Estaba incómoda y necesitaba conocerme.

Fue entonces cuando el autoconocimiento se volvió urgente. Encontré en el Eneagrama una herramienta poderosa para reconocer mi forma de ser, sentir y actuar. Entendí que no soy “una sola” y que no necesito encajar, sino honrar mi singularidad.

Comencé a ver que mi modo de educar necesitaba más autenticidad que estructura, más conexión que cumplimiento.

Ya no podía evitar el dolor, ni postergar las preguntas importantes. Aprendí que las emociones no expresadas se heredan, y que detrás de cada conducta que observo, en mí o en otros, cobija una historia esperando ser vista.

“Pulga inquieta” fue una definición que resonó de inmediato en mí, como si nombrara una parte esencial de mi naturaleza expansiva. Pronto se sumaron otros rasgos que revelaban el modo en que transito la vida; una especie de gula existencial que me lleva a entregarme con entusiasmo desbordante a todo lo que me apasiona, siempre con la sensación de que quisiera abarcar más de lo posible. Me habita una curiosidad incansable y una multiplicidad de intereses en constante ebullición, aunque muchas veces esa misma amplitud se vuelve un reto cuando llega el momento de concluir lo que inicio. En esa tensión entre el deseo de explorar y la dificultad de cerrar, se expresa una búsqueda que también tiene raíces profundas, la de no quedar atrapada en el vacío, sosteniéndome en el movimiento constante como refugio y motor.

Encuentro placer en transformar lo cotidiano en algo disfrutable; necesito que la experiencia, incluso la de enseñar, me inspire y me movilice. El aburrimiento me desalienta profundamente, por eso me siento atraída por propuestas que despierten mi interés, entusiasmo o asombro. Cuando eso no ocurre, pierdo la conexión. Esa necesidad vital de mantener encendida la chispa me impulsa a romper con la rutina y a reinventar constantemente mis modos de hacer, buscando siempre la variedad como camino hacia el sentido y la presencia.

Sin embargo, en los últimos años he percibido cambios sutiles pero significativos en mi manera de estar en el mundo. La angustia, el cansancio y una merma en mi entusiasmo habitual comenzaron a hacerse presentes, marcando un punto de inflexión. Atravesé experiencias dolorosas que antes solía evitar, y ese tránsito removió capas internas que me enfrentaron con lo que no quería ver. En ese proceso, sentí que algo de mi capacidad de disfrute se desdibujaba, ya no todo me entusiasmaba como antes, y ciertas situaciones o vínculos que antes me nutrían comenzaron a pesar. Fue como si el alma, en su afán de expansión, hubiese necesitado detenerse a revisar las heridas que aún no habían sido nombradas.

Comprendí que somos un conjunto de personalidades distintas, que tenemos características propias y que, reconocerlas permite entenderse y entender al otro. Encontrar mi mejor versión, abrazando mis debilidades, apostando a cambios que me permiten evolucionar es un gran desafío. Sé que no hay tiempos, aunque sé también, hacia donde ir.

A través de un camino de introspección, comprendí que mi territorio laboral podía convertirse en un espacio fértil para desplegar mi creatividad y mi identidad genuina. Mi enfoque educativo se enraíza en un paradigma que pone en el centro al SER, al autoconocimiento como brújula, y a la autorrealización como horizonte. Esta perspectiva me permitió cuestionar estructuras rígidas y abrir paso a formas más auténticas de enseñar y acompañar. En mi rol de educadora, sostuve, y sigo sosteniendo, el impulso constante de crecer, promoviendo tanto en mí como en quienes me rodean una actitud proactiva, libre, resiliente y positiva frente a los desafíos.

Sin embargo, la burocracia del sistema, sus exigencias normativas y la rigidez en la transmisión de contenidos me confrontaron con límites que no resonaban con mi manera de estar. Fue allí donde la creatividad y la libertad se volvieron mis pilares, exigiendo, con firmeza y respeto, que mi labor y mis modos fueran reconocidos. Esa búsqueda de coherencia me llevó a aceptar proyectos de gran envergadura que, aunque apasionantes, muchas veces desbordaron mis propios tiempos. Entonces entendí que también necesitaba cultivar un nuevo equilibrio: uno que armonizara mi fuego interno con el cuidado de mi energía.

Reconozco que el ámbito de los vínculos sociales es uno de mis talentos naturales: me muevo con soltura en espacios de comunicación, interacción y construcción colectiva. Sin embargo, en mi recorrido de autoconocimiento también logré visibilizar un punto ciego que solía pasar desapercibido: mi tendencia a entusiasmarme con facilidad, a mostrarme optimista, multifacética, hedonista y dispuesta siempre a la aventura. Esa amplitud, que me ha abierto muchas puertas, también me ha llevado, en no pocas ocasiones a la dispersión, a dejar asuntos inconclusos o a evitar profundidades que requerían más pausa que movimiento. Descubrí que no siempre se trata de hacer más, sino de hacer con más presencia y sentido.

Reconocer que tengo la posibilidad real de encontrar mi mejor versión ha sido, y sigue siendo, un acto profundo de introspección. Aunque conservo una mirada idealista, ya no se trata de aquella ilusión ingenua del pasado, sino de una visión más serena y consciente. Valoro profundamente mi independencia, pero también disfruto del compañerismo genuino en todos los ámbitos de mi vida. Aun así, necesito preservar mis espacios y tiempos personales para crecer a mi ritmo y en sintonía conmigo misma.

Admiro la disciplina, la organización y la capacidad de foco que veo en otras personas. Si bien existieron momentos en los que, por necesidad, adopté esas cualidades con rigor, hoy no las elijo. Soy más compasiva conmigo misma. Ya no me exijo de esa manera, evitando desconectarme de mi espontaneidad. Comprendí que sostener esa exigencia por largo tiempo me alejaba del disfrute y me sumía en una tensión interna. Terminar lo que empezaba se volvía un desafío, no por falta de voluntad, sino por la presión de tener que responder a un molde que no me representaba del todo.

Elijo respetar mi esencia, la espontaneidad es parte de mí; mi alegría me acompaña como un lenguaje propio pero también aprendí a conectar con la tristeza. Estoy aprendiendo a darme el tiempo necesario para cerrar ciclos, aunque eso implique sentirme a veces detenida o aburrida, perdiendo el entusiasmo que antes me impulsaba con tanta naturalidad.

La practicidad en la resolución de situaciones seguirá siendo una manera de comunicarme, siempre en búsqueda de múltiples caminos para concretar lo que imagino. La creatividad me habita, y encuentro disfrute en generar espacios que me desafíen, que me exijan algo nuevo. Necesito la libertad de acción para sentirme viva. Me considero sociable, pero también disfruto cada vez más del silencio y del placer de estar conmigo misma.

Busco el disfrute en todo lo que hago. Me moviliza el gusto y me guía la empatía. Me reconozco tolerante, flexible y adaptable, aunque también sé que poner límites es una tarea que aún estoy aprendiendo. La generosidad es parte de mi naturaleza, me gusta compartir lo que sé, lo que pienso, lo que tengo. Promuevo la autonomía en los vínculos, aunque a veces me descubro atrapada en relaciones por no querer soltar las expectativas o las ilusiones que proyecto.

Disfruto profundamente del trabajo en equipo, porque confío en el poder del aprendizaje colectivo y en la fuerza de la independencia compartida. Sigo creyendo en el logro colectivo, aunque parte de mi proceso actual sea aprender a soltar sin sentir que pierdo, y a quedarme conmigo sin sentir que abandono.

En medio del movimiento que siempre me sostuvo, llegó un momento en el que ya no pude seguir avanzando como antes. Me tuve que detener y sentir. Sentir el peso, la ausencia, el deseo, la memoria. Y en esa quietud incómoda, algo dentro mío comenzó a ordenarse de otro modo